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Café y té
18 Ene, 2015. 0 Comments. Mini-relatos. Posted By: Raquel Sierra

Ella tenía la mesa llena de papeles, de notas a mano y rotuladores de colores, y su mirada se perdía en el fondo del ordenador, buscando cómo ubicar la siguiente frase. Él estaba sentado un par de mesas más atrás, y le fotografiaba la nuca silenciosamente, reflejando segundo a segundo su maniobrar para recogerse el pelo con un bolígrafo. Era verano y hacía mucho calor. Ella tomaba té. Él café. Sin azúcar ella, con dos cucharaditas, él. Y ambos con mucho hielo. Así una tarde, y cuatro más. Hasta que el quinto día ella sintió que alguien la observaba y no pudo evitar girarse. Y se encontró con sus ojos por primera vez. No dijeron nada. Al día siguiente ella llegó a su hora de siempre y encontró que él estaba sentado en su mesa, con un café, un té, y mucho hielo. Empezaron a hablar. Y apareció… Esa sensación. Esa sensación de conocerse desde siempre, de que no había secretos o podría haberlos todos, que no importaría. Y hablaban y reían, y estaban en casa y en el borde de la montaña más alta. Todo a la vez. Ella frenaba y él aceleraba. Ella creía que él se quedaría en su vida un fin de semana, y él sólo había comprado billete de ida. Así que tuvo que dejar caer lo que tenía, porque dejó de sostenerse en el mismo instante en que vio sus ojos y su cabeza le dijo: ten cuidado, que este tío es de los que traen problemas.

Pero a veces el riesgo llama a la puerta y el miedo no puede sujetar las ganas de abrir. Y una vez de par en par, ya no importa subir y subir, porque no se piensa en la caída. No se piensa. Y ella tenía asumido en algún lugar de su cabeza, que caería desde muy alto, y dolería quizás como nunca, o quizás como siempre. Pero ahora no importaba. Y empezaron a viajar. Habiendo dejado sus maletas bien lejos y desafinando en bicicletas de colores. Jugando a veo- veo y descifrando aún esa conexión que decía: «ahora te miro a los ojos y sé». Y se miraban. Y subían a torres muy altas y buceaban buscando tortugas.

Y cuando se miraban, decían: lo sé. Y lo sabían. Y no había un rincón de piel desconocido, porque cada uno era un hogar en el que el otro anidaba, y en el que podía volar. Y no había un rincón hostil en la mente, porque cada opuesto era un lugar libre donde no hacía falta compañía, y donde ambos celebraban que pensaban diferente. Y no había un rincón frío en el alma, porque no podían temer, pues sabían que su unidad era tan fuerte como lo era su libertad. Y observaban su amor como un cuadro que nadie más tiene que aplaudir, y que seguirían pintando cada día, cada año, y cada vida, quizás. Y de vez en cuando vuelven a ese bar. Y ella se sienta primero, y él le acaricia en la nuca, pero esta vez, de verdad.

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About the Author

Raquel Sierra Soy actriz vocacional, de primer plan B elegí periodista y de segundo me descubrí como ayudante en los caminos. Siempre me ha gustado escribir y ahora me apetece compartir este hobby por aquí. Y lo hago sin filtros. Para lanzar sin pudor los relatos que tengo por los cajones desde hace años, los que vendrán, y mis visiones y opiniones sobre los temas que me interesan, sin azúcar ni sal. Seguramente también daré información útil, porque el pajarillo periodístico sigue trinando en algún lugar de la cabeza, y cada voz puede cantar, berrear, o hablar en balleno. Sin filtros, ¡qué placer!

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