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En los libros
2 Abr, 2015. 0 Comments. Mini-relatos. Posted By: Raquel Sierra

El móvil volvió a iluminarse, y a pesar de estar más dormida que despierta, abrió el whatsapp para descubrir una interrogación. Estaba segura de haber contestado hacía un rato, pero se equivocaba, así que tras una disculpa respondió lo que ya creía haber dicho: “La respuesta está escrita en los libros”. Y el sueño la venció.

Al otro lado del teléfono Luis no sabía como encajar esa conversación tan escueta. En los libros. ¿Qué libros? Lo primero que pensó es que no quería verle, que quizás estaba enfadada. Pero… ¿Enfadada por qué? Era cierto que llevaban dos años sin hablar, y que aquel abrazo de despedida fue el más triste que ambos recordaban. Pero también era verdad que aquel día, debajo de las lágrimas, la decepción, la culpa y el miedo, ambos vieron algo más, que no todo estaba roto.

Quizás ella no quería retomar el contacto. Sin más. Eso pensó, pero enseguida se dio cuenta de que si eso fuese así, se lo habría dicho. O quizás eso le estaba intentando decir… En los libros. ¿Qué libros? Harto de divagar, se dirigió a su estantería y abrió “Noche de Reyes”, «Esperando a Godot», «La Gaviota» y todas las obras de las que habían hablado en tantos cafés. Y no encontró nada que encajara. No, en el teatro no podía estar la respuesta porque casi cualquier réplica podría caber, desde un «no quiero volver a verle, caballero», hasta un «llevo esperándote desde el día en que te dije adiós». ¿De qué otros libros habían hablado alguna vez? Y siguió pensando y mirando fijamente sus estanterías en busca de inspiración. Pero la musa sólo viene cuando no la necesitas. Así que no apareció. Y se fue a la biblioteca, a la más grande, a la favorita de Daniela, a la del Teatro Principal. Y se sentó allí, frente a la sección de Historia, dónde ella solía estudiar. Y luego se sentó enfrente, delante de la sección de filosofía, donde él leía a Kant mientras le lanzaba bolitas de papel para distraerla. Y trataba de recordar qué libro podría ser el que respondiera a la pregunta: ¿Qué me dirías si te invito a cenar en “El séptimo Cielo”? El séptimo Cielo. ¡Claro! ¡Allí podría estar la respuesta! Aquel restaurante tenía libros, libros que él leía en voz alta mientras ella esperaba sus crepes de dulce de leche. ¿Y qué leía? Ni un segundo tardó en caer en la cuenta. ¡Benedetti! ¡Sólo puede ser Benedetti! Y buscó su antología poética, y leyó y leyó. Pero sentado frente a más de mil versos no pudo encontrar una certeza. Y al otro lado del teléfono ella seguía durmiendo ajena a la ilíada que había generado su mensaje.

Luis volvió a casa con dos libros bajo el brazo: «Rayuela» y «Madame Bovary». Y le dieron las diez y las once, y las doce y la una sin encontrar nada claro. Era ya una cuestión de orgullo. Si a ella le parecía tan sencillo, debía de serlo. Debía ser un libro concreto y una frase fácil de deducir… Pero tras un silencio hueco, tuvo que reconocer que no tenía la menor idea. Así que cogió el móvil y le preguntó a qué libros se refería. Ella sonrío al ver que él no se acordaba de nada. En los que te regalé, -respondió-. Y él dio un salto del sofá. ¡En los de meditación! Nunca se lo hubiera imaginado, y a la vez le parecía muy difícil encontrar la respuesta en esos libros. Ok, -le contestó-. Aquí los tengo. Pero me he quedado igual. ¿Me puedes decir la página? Ella se río con caritas a lágrima viva. Claro, en la primera, la que hay en blanco al principio. Luis abrió el primero y se encontró con la letra de Daniela, y con una frase que nunca había visto. “Me siento tan feliz de haberte conocido que quiero darte las gracias por todos los momentos compartidos…” Y abrió el segundo y encontró: “y también quiero decirte que pase lo que pase, y más allá del tiempo y del espacio, siempre podrás contar conmigo”.

Guau, nunca vi estos mensajes, -dijo él-. ¡Y leí ambos libros! Nunca es tarde, -respondió ella-. Y él la llamó. Pero antes de escuchar la voz de Daniela oyó algo así como “pasajeros con destino Madrid, embarquen por la puerta 43”. ¿Estás en el aeropuerto? Sí, -dijo ella-, en Buenos Aires. ¿Y cuando llegas? -Continuó él-. Acabo de llegar, pero en principio sólo vengo para un año. En ese momento Luis sintió como si el jarro con el agua más congelada del planeta se derramara sobre su cabeza. El séptimo cielo te queda un poco lejos, entonces –añadió-. O no tanto –dijo ella- ¿Sabías que es un restaurante argentino? Y ambos sonrieron a medias. Y no se abrazaron, porque no podían.

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About the Author

Raquel Sierra Soy actriz vocacional, de primer plan B elegí periodista y de segundo me descubrí como ayudante en los caminos. Siempre me ha gustado escribir y ahora me apetece compartir este hobby por aquí. Y lo hago sin filtros. Para lanzar sin pudor los relatos que tengo por los cajones desde hace años, los que vendrán, y mis visiones y opiniones sobre los temas que me interesan, sin azúcar ni sal. Seguramente también daré información útil, porque el pajarillo periodístico sigue trinando en algún lugar de la cabeza, y cada voz puede cantar, berrear, o hablar en balleno. Sin filtros, ¡qué placer!

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